De derechas o de izquierdas, todas las dictaduras son inaceptables Editorial 10 de Enero 2019

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Pero al final, quienes plantean esa falaz dilema, no son amigos genuinos de la libertad, sino cómplices a ultranza de modelos e ideologías

Ha habido quienes defiendan uno u otro autoritarismo. De ambos lados. Los rojos se desviven por los Castro y lo hacían por Chávez. Tratan con cariño a Perón o a Jruschov. Del otro lado los halagos van para Pinochet, Fujimori o Franco. Fueron males necesarios, se argumenta. Y los de la otra acera ideológica justifican o evaden los crímenes de los representantes socialistas.

Es cierto que algunas sociedades deben vivir con la tragedia de que su prosperidad en gran parte se debe a las pretensiones de algún dictador. Hay regímenes que se desarrollan beneficiando algunos sectores económicos. Otros lo hacen difundiendo la miseria universal. Quizá a esto se deba que se intente favorecer a unos dictadores por encima de otros.

Por ejemplo, si Pinochet permitió la apertura del mercado y consultó sus políticas con el brillantísimo Milton Friedman; entonces su régimen es superior y mucho más deseable al de Castro, que persiguió con todo a la iniciativa privada. Es una falacia en la que suelen caer quienes simulan ser amigos de la libertad. Pero todo aquel que ventile tal desacierto; no está sino evadiendo que el único valor inamovible en una sociedad es la existencia plena de esa libertad que supuestamente se defiende. Libertad completa. No a medias. Y lo contrario a esa libertad plena; la sola exigua presencia del valor supremo, es inadmisible.

El insigne Vargas Llosa lo dijo muy bien esta semana en Chile. Durante un foro, el autor y abogado Axel Kaiser le planteó al escritor y Nobel de Literatura el mismo dilema falaz de Pinochet y Raúl Castro o Maduro.

“Hay dictaduras menos malas, por no decir mejores, sino que menos malas. Por ejemplo: ¿cuántos en esta sala preferirían vivir en la dictadura de Maduro o en Cuba, que lo que fueron los años 80 en Chile? Probablemente nadie. Y ahí es donde viene una segunda pregunta que yo te quiero hacer a ti: ¿en el liberalismo…?”, dijo Kaiser a Vargas Llosa. Inmediatamente luego de la osadía, el Nobel de Literatura lo interrumpió: “Esa pregunta yo no te la acepto”.

“Esa pregunta parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas, que hay dictaduras menos malas. No. Las dictaduras son todas malas. Algunas pueden traer beneficios económicos; pero el precio que se paga por eso es un precio intolerable”, espetó Vargas Llosa.

Hay dos tipos de personas

MI DICTADURA, ES BUENA Y SI NO ESTÁS DE ACUERDO ERES UN CÓMPLICE DEL GOBIERNO.

MI DICTADURA ES MEJOR, SOMOS DERECHA Y QUEREMOS SACAR ADELANTE AL PAÍS USANDO LOS POBRES

Es por ello que afirmo, que las tiranías dictatoriales, sean estas de derecha o de izquierda, no se construyen sobre la base de la templanza e integridad de los dictadores, sino sobre las debilidades y vicios de los demócratas. Por tal razón, las dictaduras se evitan con el riguroso respeto a la Constitución y leyes de la República, no haciéndoles cirugías plásticas constantes, degradándolas a una simple “chapeadora constitucional” para disfrutar de ella a su antojo; las dictaduras se evitan educando al pueblo en el trabajo duro pero honrado, haciéndole conocer sus derechos y la exigente disciplina del deber, y no en las dádivas engañosas del populismo.

A tal efecto, el populismo no se puede definir como una ideología, sino como una estrategia de llegar al poder; tampoco se puede catalogar como una filosofía política, pues carece de una teoría sustentada en esta disciplina técnica, sino más bien, en maniobras de manipulación, cuyo blanco es el centro emocional del pueblo, para con ese poder hipnótico desmantelar la institucionalidad de los estados, modificar sus constituciones y leyes, restringir las libertades apelando al odio y al miedo como instrumentos de dominación social, con el objetivo final de perpetuarse en el poder.

Son por estas razones que, para entender la victoria del recién electo presidente Jair Bolsonaro, en Brasil, primero hay que comprender las razones por las cuales fue derrotada la doctrina populista de Lula Da Silva junto al ‘tsunami’ de escándalos que sumergieron las costas latinoamericanas. Muchos mandatarios están sucumbiendo a este modelo, obnubilados por los pecados capitales de la avaricia, la soberbia, el odio, la envidia y la gula del poder.

Estos tipos de gobiernos populistas utilizan la democracia como medio para llegar al poder, pero luego de alcanzarlo terminan destruyendo a la misma democracia, puesto que el ejercicio del poder no se basa en el libre juego de las ideas ni en la división de los tres poderes del Estado, sino que terminan utilizando los mecanismos de la extorsión y amenazas -aduanas, Impuestos Internos, etc-, así como el uso inapropiado de la ley simulando que cumplen con los preceptos legales, para de este modo someter a los ciudadanos a un régimen de abusos de autoridad, injusticias y arbitrariedades.

En este contexto, estos gobiernos, abrumados de poder, embriagados de codicia y atrapados en los odios, terminan renegando el discurso doctrinal que dio sentido a sus orígenes, y empiezan a disfrutar de las mieles del poder absoluto, a enriquecerse sin límites, asaltando primero las arcas del Estado, después apoderándose de la propiedad privada, confiscando empresas nacionales y extranjeras, corrompiendo comunicadores y medios de comunicación con el fin de debilitarlos y controlarlos hasta apoderarse de ellos, y de este modo, terminar transformándose en una dictadura con el sobrenombre engañoso de “revolucionarios”.

Como ya hemos visto en varios casos puntuales, esta degradación política es tan grande y peligrosa, que termina con encarcelar a la oposición, aniquilando el sistema de partidos políticos, corrompiendo a las Fuerzas Armadas y de seguridad del orden, suplantándolas por “colectivos” armados teledirigidos como títeres por fuerzas exógenas, y financiados por los oscuros recursos del dinero corrosivo del narcotráfico y terrorismo transnacional, todo esto encubierto por el manto protector de la impunidad más espantosa.

Ante este escenario, y tomando como referencia las antiguas pretensiones fracasadas del afamado narcotraficante Pablo Escobar de “legitimar” su fortuna y acceder al poder del Estado, podemos decir que, actualmente tenemos dictaduras de izquierda que han logrado ese sueño anhelado por Escobar, ya que han convertido sus naciones en “narcoestados” que amenazan la estabilidad regional y las democracias latinoamericanas. Debido a estas razones, el presidente chileno Sebastián Piñera hizo un breve análisis del giro a la derecha que ha dado América Latina, asegurando que el “Socialismo del Siglo XXI” que aplicaron los expresidentes Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y los hermanos Castro, entre otros, había sido “un desastre”.

A modo de conclusión, hay que recordar que la política es la ciencia social que estudia y promueve la participación ciudadana libre, al poseer la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para garantizar el bien común. Y es por esto que la lucha actual en el concierto de naciones latinoamericanas no es una lucha entre izquierda y derecha, sino entre dictadura y democracia, entre el populismo y el republicanismo, por lo que exhorto a proteger nuestra libertad y democracia, impidiendo que los vicios y debilidades de los “demócratas” nos conduzcan a la oprobiosa prisión de una dictadura de las tantas que hemos sufrido en el pasado, desde el 1844.

 

 

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