La confusa era de las ideologías en una unidad opositora.

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La reconstrucción del estado republicano es sin duda alguna el principal objetivo que todo estadista debe de enarborar. En este sentido, en un estado de degradación profunda en la que se encuentra nuestra patria, no existe alternativa alguna que aquella que determine con firmeza la salida del actor principal, pero no único, de la narcodictadura del país.

Un paso fundamental con la intención de lograr ese objetivo, se ha dado con la firma el día sábado recién pasado, de una coalición de unidad contra la dictadura y el rescate de la patria; sin embargo, de entrada, algunos han manifestado que dicha coalición no podrá tener el éxito esperado, en vista que la misma llama a la unidad de diferentes actores con diferentes pensamientos políticos.

Algunos críticos, con fines de comenzar a debilitar de entrada esta coalición, han puesto en el tapete la campaña conveniente del régimen, en que pretenden hacer olvidar los múltiples actos criminales cometidos por la narcodictadura, bajo el sentido que el régimen es el mejor de dos males, ante la idea sin fundamento que si sale Juan Hernández y sus secuaces, la izquierda extrema entraría al país de manera ipso facto. Para los narco nacionalistas dictadores, el apoyar a un delincuente mencionado en las cortes del distrito sur de Nueva York, es un acto patriótico. Pobre excusa a la que lamentablemente, algunos mismos miembros dentro de la propia oposición, sirven de cajas de resonancias y abonan al programa estructurado de la estrategia oficialista.

Hemos caído en un interminable vortex de pregonar la ética a ciertos pensamientos y capacidades sociopolíticas sin verdaderamente entenderlas. Hemos tratado de encasillar principios y medias verdades para personajes de la vida nacional con la intención de poder definir o denigrar con un simple concepto. Hemos llevado la política al intrascendente campo de una partido de fútbol en donde cada uno toma un lado, dependiendo del color de la camiseta que se porta. Hemos llegado al punto de establecer el rechazo a las ideas sin comprender, sin profundizar, metidos entre el paréntesis de la ignorancia y del actuar de muchos que profesan ser algo, que verdaderamente no lo son.

En ese caminar nos han pretendido vender la idea en pleno siglo XXI del sentir ideológico, mientras en el proceso lo que ha predominado es simplemente la hipocresía individual de los actores. Así han salido algunos defendiendo al país contra una izquierda radical y en el proceso, han conformado una derecha igual de abusiva, depredadora y violadora de los derechos y la constitución; este mismo escenario se los podemos aplicar a los personajes que enamoraron a sus pueblos con el romanticismo de la revoluciones, con el mensaje de darle al pueblo el poder y una vez sentados en la silla, han pasado del sueño revolucionario a únicamente convertirse en tiranos, en dictadores y quizás hasta en los más grandes capitalistas. Todavía no hemos visto un dictador que haya salido (o lo hayan derrocado) de su poder, pobre. Todavía no hemos visto a un dictador que haya salido de su poder, dejando de legado una mejor patria, esto independientemente del origen ideológico. Dictador es dictador, independientemente del color que este vista.

Derecha, izquierda, socialismo, comunismo, fascismo, nacionalismo, capitalismo, liberalismo, reformismo o cualquier otra que se le pueda incorporar, incluso principios religiosos como el islam radical o el mismo cristianismo, todos y cada una de esas doctrinas, sistemas, recaen al final en el sentir que una vez en la práctica, no se trata tanto de las ideas, sino del humano que las aplique. Las ideologías quedan cortas ante el principio que determina al ser humano en su avaricia, en su prepotencia, en su sed inmensa del poder.

En esa confusión, es más fácil para muchos, determinar en ese encasillamiento de las ideologías la profunda definición de la virtud y la maldad: es más fácil decir que los izquierdistas  son malos y los derechistas buenos (o a la inversa), que decir Juan es malo o Mel es bueno (o a la inversa) o son igualitos los dos (por mencionar dos nombres nada más). Es más fácil gritar “golpista”, que reconocer el continuismo que se pretendía y, es más fácil lograr ese continuismo y convertirse en dictador, aprovechando un movimiento geopolítico del momento cuya misión mediática es, eliminar el “socialismo” de la región americana.

Hasta ahora, ningún libro de estrategia ideológica, establece que sus principales características deben ser la corrupción y la construcción de un estado basado en las enormes ganancias producidas por el crimen organizado. En este sentido, debemos de reconocerle a Juan Hernández el “privilegio” de haber creado un nuevo pensamiento político que determina los negocios de la narcoactividad como el bastión fundamental que los sostiene en el poder y, en ese proceso, que le brinda enormes cantidad de dinero para la compra absoluta de voluntades, para romper el principio constitucional y para la creación de instituciones a su medida que le brinda el oxígeno necesario para su sobrevivencia.

En esta confusa era de las ideologías, nos enteramos que las acciones de los gobernantes nada tienen que ver con estas. Al final todo se trata del poder, del control y de la competencia entre las superpotencias y sus peones por obtenerlo y mantenerlo ¿O es que acaso la Rusia de hoy en día no profesa un comportamiento más capitalista que muchos; o es que la mejor estrategia de China no es su dominio comercial (nada mal para ser considerada China comunista); o es que Trump no ha llegado al poder exaltando el nacionalismo populista? Todo se resume en el interés individual de los que ostentan el poder y de la necesidad por aferrarse a este a toda costa. Es allí cuando se dejan a un lado las ideologías y se embarcan en el interés fundamental que se define en una palabra, “poder”.

Y aún en esa confusión, las ideologías seguirán siendo plataforma de discusión y de discurso político, por dos razones obvias: la primera es porque el ser humano (tal como lo describe el artículo de Jacob L. Shapiro en Geopolitical Futures) añora la simplicidad del encasillamiento ideológico, ocupamos identificarnos y creer en algo, sea en nuestra forma de pensar, en nuestra creencia religiosa o en la misma ciencia. Se añora porque en cierta forma crea una causa y brinda cierto grado de sentido, es más fácil en tiempos de guerra, saber porqué se lucha; Segundo, porque para el político es práctico establecer la plataforma de decir “Yo soy la opción para que la izquierda nunca se materialice en el país” o decir “Yo soy la alternativa para erradicar el sistema neoliberal que humilla a los pueblos y los empobrece” que verdaderamente ponerse a trabajar con honestidad, con justicia, con verdad, para resolver los problemas del país y hacer una sociedad inclusiva que genere las mismas oportunidades para todos.

Es por ende vital, ir más allá del mensaje y comenzar a examinar al mensajero. Más que el encanto de la ideología que determina que profesa, debemos estudiar el carácter, la esencia de la naturaleza de la persona a la que estemos considerando darle la responsabilidad de administrar los tesoros y los destinos del país. El que es corrupto, lo será siempre sea de izquierda o de derecha; el que es asesino, matará aunque se incline todos los días a orar; nada bueno puede surgir del corazón del hombre malo. Es por ende prioritario, determinar la coherencia de los actos en el liderazgo que cada uno defiende y poner en contexto correcto, que lo que debe de primar, es la verdad, la justicia y actuar y hacer, lo justo y correcto.

Las ideologías están en coma, pero su discurso no…y los oportunistas políticos lo saben. En ese orden de ideas, la dictadura Juan-Orlandista debe de caer, no porque esta sea de derecha (mucho menos se debe de mantener bajo cualquier costo porque es la garantía contra la izquierda); Juan Hernández debe dejar el poder porque es el artífice de una corrupta y criminal narcodictadura, que ha roto el orden constitucional de nuestra patria para mantenerse en el poder, creando una mafiocracia inédita en Honduras. El pueblo también debe despertar y reconocer que el principal valor del liderazgo está en la honestidad capaz de transformar y resolver los enormes problemas que nos agobian.

Ese cambio añorado y exigido por el pueblo nunca vendrá de la mano de ningún corrupto delincuente, sea de derecha o de izquierda.

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