¿Qué hicimos mal? ¿Qué queda por hacer ahora? Por Gabriela López Gutierrez.

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Entiendo que ningún ciudadano de mi país desea el mal a Honduras, pero hemos priorizado los intereses personales sobre los de nuestra nación. Siendo el actual sistema político que nos preside el mayor reflejo de tal fenómeno.

Hemos presenciado a nuestros líderes políticos profanar la ley una y otra vez. Desde la presidencia de 2006 vimos a un mandatario sin conocimiento administrativo, despilfarrar constantemente los bienes públicos. En 2009 sus opositores decían tener justificaciones suficientes para su derrocamiento. Los siguientes años introdujeron la mayor crisis política. Aquellos quienes se autoproclamaban “salvadores de la nación” decían merecer la potestad de gobernar el país, infravalorando la ciudadanía y aún más grave con la noción de superioridad ante la ley. Mientras tanto la oligarquía opositora batallaba entre sí por encontrar un terreno común. Entre una “alianza” de cristal y una oposición fragmentada permitimos que continuara el régimen ilegítimo.

¿Pero cómo es que, bajo una democracia representativa, los intereses de la mayoría han sido socavados? Dos razones. La primera es que hemos alimentado la dependencia entre oportunidades y afinidad política. Porque muchas veces cuando nos acercamos a las urnas pensamos en los beneficios que nos traerá a nosotros. Nos preguntamos: ¿Qué me ofrece este partido político? No al pueblo, pero a mí. Independiente de quien sea el candidato, apoyamos a una bandera y sus beneficios para mí.

La segunda razón, leal representación del egoísmo contemporáneo, se encuentra al lado opuesto del electorado -los políticos. ¿Qué incentiva a los candidatos a postularse? ¿El dinero, el poder, impunidad, fama, facilidad de narco tráfico? Sin duda, a los últimos tres presidentes fue todo menos la gestión por el desarrollo de la nación. Sin distinguir partido político los pasados y presentes dirigentes hondureños son más reconocidos por sus actividades ilícitas que por su gerencia presidencial.

Por diez años Honduras se ha visto sometida bajo “el mandato imperioso del amo” por diez años nuestro inútil reclamo a la vista del mundo internacional se ha disipado. Transportistas, doctores, maestros y alumnos han tomado las calles para protestar contra dictámenes del poder ejecutivo. En estas protestas son pocos los participantes que asisten por simpatía. Y entonces cuestiono, ¿cómo esperamos la simpatía internacional?

Exigimos y criticamos a naciones y organizaciones internacionales por su falta de penalidad ante lo acontecimientos. Esas entidades no alteraran su política exterior sino se ven directamente perjudicadas. En Honduras, los gobernantes conservadores se encargaron de priorizar la protección de la inversión extranjera, dejando intacta las relaciones con nuestra vecina nación de poder mundial. ¿Por qué ellos habrían de exigir un cambio cuando la oposición ofrece un ambiente que comprome los intereses extranjeros?

Nos encontramos en un sistema político fallido. Hemos presenciado nuestra casa presidencial teñida del mismo color cuando bajo opinión pública esos líderes no tienen apoyo civil. Somos reconocidos por narcotráfico y corrupción, donde nuestros líderes políticos lucran minimizando la ley. Mientras cada partido gobierna en su periodo correspondiente lo primordial es que los nuevos cargos del ejecutivo los ejerza un activista del mismo partido. Y entre el van y ven de pelear entre nosotros los cabecillas de cada partido disfrutan de su superioridad ante la ley.

En este valle de desesperanza, sin intenciones de resolver la crisis nacional, pero sí de reflexionar propongo lo siguiente. Con relación a la ciudadanía debemos dejar de defender un partido, una bandera, un candidato. El cambio de rumbo que Honduras necesita hacia uno con mayor estabilidad económica, superiores estándares de educación, mejores servicios de salud y por tanto alto desarrollo humano, pasa irrevocablemente por la evolución personal que como nosotros debemos realizar. Asumir nuestro rol como parte de esta democracia, dejar de lamentar y a actuar no solo cuando nos vemos afectados. Los últimos días nos han alertado de la clase política que ha gobernado Honduras, no debemos esperar el cambio sino crear el cambio. Y un enfoque especial se debe dar a la juventud hondureña, en nosotros recaerá el futuro del país. Si continuamos en este estancamiento de desinterés y conformidad dejamos el camino libre para futuros delincuentes políticos.

Respecto a la oposición política, sin la unidad y menguamiento de sus diferencias el partido con mayor consolidación continuará arrebatando el poder. En sus manos también está la confiabilidad que Honduras promete a la comunidad extranjera. Debemos dejar de enfocarnos en la defensa de las figuras políticas, defienden a individuos que ya sostuvieron el poder y probaron no ser capaces de gobernar por el pueblo. Ahora que el sistema un sistema judicial extranjero limpia nuestro sistema podemos aspirar a un gran líder en casa presidencial, pero será inútil si la casa congresista continua llena de subordinados. Dividida entre los que buscan venganza, los que nunca han tenido el poder y los pocos que comprenden la importancia de sus decisiones. Independiente si el actual presidente dimite hoy o cede al finalizar el periodo es urgente la coalición de la oposición, sin egocentrismo y unificada como la brigada de rescate que necesita Honduras.

Entre tantos obstáculos que aún nos quedan por superar, el electorado tanto como los candidatos de la oposición deben dejar atrás el afán por el poder y actuar por el bienestar colectivo. Los cambios progresivos requieren de paciencia puesto que aseguran estabilidad. Terminar con este gobierno ahora sin un plan a fomentar posteriormente sería igual de pernicioso que dejarlo continuar; alimentaría nuestras sensaciones de realización pero es peor que dar esperanzas al desalentado y volvérsela a quitar.

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