La Baraja.

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Durante la invasión en los primeros años de este siglo a Iraq, la CIA ideó un esquema de memorización, de aprendizaje, de reconocimiento de los principales actores enemigos de la coalición de aliados encabezados por los EEUU que emprendieron la famoso batalla en busca de armas de destrucción masiva y el nacimiento de la guerra contra el terror. La metodología dio resultado y poco a poco los enemigos establecidos, fueron cayendo, ya sea muertos en combate o capturados por las fuerzas aliadas.

La Baraja, también tiene otros simbolismos, la tristemente célebre “torre de naipes” que denota la fragilidad de una organización establecida y como esta, ante la caída de una de sus cartas, puede iniciar una reacción en cadena de desmorone toda la estructura.

Eso nos trae a nuestra Honduras, país abusado por una clase empresarial y política que en contubernio han establecido una mafia de poder dominante, avorazada, capaz de manchar todo en su camino con tal de mantener los beneficios del poder al alcance permanente de sus manos. Este grupo poderoso se ha encargado sistemáticamente de poner y quitar políticos a sus entero capricho, independientemente del color y de ideologías, en un juego en donde el pueblo ha sido utilizando, haciéndole creer que en los votos y en las urnas, es que se deciden los destinos del país; cuando verdaderamente es en cuartos climatizados artificialmente, degustando ricas bocas (que da origen al concepto de “comer todos en el mismo plato”) que se engendran los destinos del país y nacen los ungidos. Así se han hecho las grandes “revoluciones” y contrarrevoluciones, así se han establecidos los acuerdos del pastel del poder y así, han dominado el poder de la nación; todo esto en un proceso en donde el pueblo enseña cada vez más sus costillas y en donde los potentados compran una talla más del pantalón ante sus ensanchadas barrigas. Decir por lo tanto que este grupo sanguinario del poder se ha hartado al pueblo, no es exageración alguna.

Para esa mafia, todo iba viento en popa en los negocios fabulosos de la política, todo estaba determinado dentro de un plan maquiavélicamente concebido que genera extraordinarias sumas de dinero; pues si hay asunto que genere plata, es esa asociación íntima entre organismos que aparentan ser de diferentes especies, pero que para beneficiarse mutuamente se convierten en un solo. Los contratos de energía, del agua, de la extracción de los recursos naturales, de prestarle más dinero a un cliente sin nombre llamado el estado y endeudarlo cada vez más, haciendo crecer el pujante negocio de la banca, los negocios de la seguridad, de la educación, de la salud, todos y cada uno de esos que se originan desde el núcleo del estado, había sido el negocio por excelencia de los multimillonarios. Todo era azul, en el rotondo negocio de hacer política en un país con su espíritu hincado y con su valor metido como la cabeza de un avestruz.

Todo estaba perfecto, hasta que uno de sus socios principales, la creación más grande de esta obra, el indómito de las cercanías de Celaque, el dictador que fuera hecho a la medida, irrumpiera en los negocios de la droga y con ese sentido de la borrachera del poder, cometiera un pecado capital, comenzar a caminar en una línea fina.

Aquella línea fina que se raya y se aspira, que eleva los sentidos, que fomenta el desenfreno. Esa línea que desata el libertinaje, que produce ganancias exorbitantes para los toros y deja un rastro de sangre y muerte en su camino, que se magnifica y se adula en nuestro medio para aquellos que bajan sus cabezas. La línea de la cual ahora hacen novelas y series de Netflix, de las que se preparan canciones e historias que los niños pobres, sin oportunidad y sin esperanza, tratan de emular. Esa línea en la que se hace malabares, comprando conciencias que hoy no descansan, extorsionando a cambio de favores, envuelto en una esfera de otrora impunidad.

La cocaína, sustancia altamente adictiva, aspirar una tan solo línea puede ser suficiente para que ese polvo choque con el cerebro y desencadene la estampida de los sentidos, el vuelo del exceso, del sexo depravado y de lo decante. La droga es adictiva sin duda e ilegal, que la vuelve así más rica su tentación, pues no existe mayor tentación que lo prohibido. Aún así de adictiva que es la coca, hay algo más adictivo: El Poder. En las palabras de Lord Acton: “El poder corrompe; poder absoluto corrompe absolutamente”, leemos el sentido fundamental que ante muchos, a medida que aumenta el poder, se disminuye la escala de valores, la moralidad se achica. Ante la falta de moralidad, ante la ausencia completa de valores, no existe escudo alguno que permita la protección de la tentación jugosa de un negocio, que por muy ilícito y peligroso que este sea, ante la ceguez del poder absoluto, es incluso bienvenido.

Es acá en donde se formula la combinación perfecta,  la sociedad excelsa en el bajo mundo es aquella cuando el interés de la droga se junta con el poder: prácticamente el aparato propio del estado al servicio personal del hampa, la seguridad de la nación transformada en sus propias escoltas y su capacidad completa de ordenar. Conociendo así todo el estado político local,  capaz de girar instrucciones a los líderes de cada comunidad, de sentarse a la mesa a dialogar con todos, desde grandes empresarios, las cúpulas del poder político, jueces, fiscales, a los jerarcas militares y con los meros meros capos. Conocer a todos y tener acceso a cada uno.

Al fin y al cabo ¿qué más da? Si el poder en este país, es sinónimo de impunidad. Y en ese baile nefasto de considerarse dioses, penetraron otras esferas fuera de sus grandes negocios de la corrupción gubernamental; pero la creación del dictador cometió el error de llevar los narcos a las puertas de sus casas, de ser invitados al banquete, de sentarlos en la misma mesa, rompiendo así esa fina línea blanca entre el negocio “respetable” de la corrupción, con el negocio decadente del tráfico de drogas…es así como se dibuja la triste caricatura de un pobre país que se llama Honduras; así de simple, en una línea de pura coca que está a punto de romper con la propia estructura del poder que le dio vida.

Ese “negocio” de la droga, tocó el interés del imperio, quien es ciego ante los abusos de la corrupción doméstica, pero diferente cuando se trata del crimen de la droga, en donde la tolerancia disminuye y en donde de repente rompe la madeja.

Para efectos de este artículo, no vamos a profundizar sobre la forma en que la puerta de la droga se abrió en la cúpula del régimen usurpador, para eso, los invitamos lean la serie de cuatro artículos de Insight Crime y los otros reportes realizados por New York Times o simplemente seguir de cerca lo establecido en los informes que han surgido desde el Distrito Sur de la fiscalía de New York sobre el juicio del hermano del actual mandatario de facto. El propósito de este artículo, en volver la atención a la baraja, a esos naipes de negociación que un tal CC4 ha comenzado a hacer uso para mantenerse en el poder el tiempo suficiente que le permita escapar de la justicia y encontrar asilo con impunidad en alguna parte del mundo, incluida entre estas opciones, al propio EEUU.

Entonces dejemos volar la imaginación un poco, en un juego en donde la ficción va chocar con la realidad y en donde la torre de naipe comienza a caer en una entrega personalizada del hombre de cualquiera con tal no sea él. ¿Estarán Pepe, Rosalinda, Julián, Jair, Mauricio y aquellos cuyos nombres han aparecido en una tal “caja de pandora de Panamá” ya marcados en una baraja de naipes de negociación? ¿Serán estos los que marquen la diferencia entre un futuro en las rejas o una vida en plena libertad para un narco dictador? Si algo tienen los delincuentes, es su capacidad de ignorar el término lealtad, especialmente cuando una hermana ha muerto bajo una nebulosa fea de un presunto ajuste de cuentas y existe un hermano que posiblemente  pasará el resto de sus tiempos muerto en vida, confinado en un espacio de 21 metros cuadrados, con esos antecedentes no se requiere de mucho pensamiento para trazar una estrategia que lo convierta de co conspirador a colaborador eficaz. El tiempo lo dirá y este, está corriendo.

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